Mancunians and Music: Tales of the Internet, the Underground and the Manchester music scene

Saturday, 14 January 2012

Cain

Novela acabada coincidiendo con comienzo del 2012. Tantas vueltas de tuerca la han terminado conviritiendo en una novela irrisoria por lo increibe. Vamos, que tantas vueltas de tuerca han hecho que el tornillo se pase. Pero hay extractos que la salvan un poco:

Mi hermana Sonia ha regresado esta mañana a Tenerife y se ha llevado a nuestra madre consigo por una semana o dos, hasta que esta decida que está lo bastante recuperada como para regresar a Asturias. Me ha despedido en el hospital con un beso y un largo abrazo y me ha dicho que esperaba verme pronto por allí.
-Te hará bien salir de la ciudad. Ven en cuanto estés recuperado.
Ha completado que los únicos bienvenidos en Tenerife somos Mateo y yo.
-Ya te has dado cuenta de cómo es tu mujer, ¿no? No me la traigas a mi casa. Sabes que allí no es querida.
Y en dónde la dejo, Sonia, había pensado yo. Como siempre, me callé y no le dije nada. ¿Dónde la dejo? Desde aquel sábado, apenas ha recibido la visita de nadie: su madre vino a verla un par de veces, para no volver. Sus tres hermanos no han hecho acto de presencia en el Hospital para visitarme. Uno de ellos ha telefoneado una vez, los otros dos se enteran de las noticias a través de la madre, esos ni llaman. ¿Dónde dejo a Merche que, por no tener, no tiene ya ni querido? Aquel hombre, Elías Conde, aquel exitoso economista de pacotilla, que la encandiló con verborrea de maricón y picha de caballo, o eso presumo, porque desde que sé quién es, he indagado acerca de su carácter a conocidos comunes, y me pintan a alguien que deja mucho que desear… Aquel hombre, reitero, puso pies en polvorosa en cuanto supo lo del ataque en la casita y que Merche había confesado que había otro y quién era el otro. La ha telefoneado un par de veces desde aquel sábado, eso sí, eso no se le puede negar. Cincuenta polvos bien merecen un par de llamadas de móvil, digo yo.
Mi esposa no es una mujer fácil ni popular, eso es lo que muchos resienten: hermanos, vecinos, colegas de trabajo, amigos de circunstancias, familia política. No es una mujer a la que se puede comprar con halagos ni amenazas, no es amiga de habladurías ni falsas apariencias. Y tiene un carácter muy fuerte, heredado, según parece, del padre, a quien no conocí nunca pues había fallecido diez años antes de conocer a Merche en Londres.
Mi esposa es la clase de persona a la que los nazis hubiesen enviado a un campo de concentración no por ser judía o gitana, sino escuchando voces de vecinos maliciosos que la hubiesen acusado falsamente de colaborar con la Resistencia; soldados enemigos que envían al patíbulo a una mujer inocente por hábito, sin importarles si la acusación es infundada o no, sólo fiándose de que la mano que acusa es la mano de un buen vecino, a law-abiding citizen, dicen los de la Gran Bretaña, un hombre decente, temeroso de las leyes y de Dios.
¿Cuántos inocentes han sido sacrificados en el altar de las malas intenciones de hombres que se dicen buenos?
Mi esposa es uno de ellos. Le guste a mi hermana o no, siendo la madre de mi hijo, no pienso sacrificarla a los lodos de hoy ni de ningún otro día. La recuerdo ofreciéndose a aquel animal en lugar de mamá o el niño. La recuerdo ofreciéndose entre lágrimas. La recuerdo llorando, abrazada a mí, en la ambulancia, mirando con infinita compasión las heridas de los muslos que la presión de la plancha caliente había creado.
En el fondo de mi corazón, sé que Merche es el major bálsamo para curar estas heridas nuevas. Ella, y tal vez el paso del tiempo. En el fondo de mi corazón, sé que a los hombres que se dicen de una pieza siempre les han atraído las mujeres difíciles.

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